Estaba más que claro: un pequeño céfiro se filtraba en la habitación, precisamente al lado de su cama y, en particular, a la altura de su cabeza, que sufría innombrable hasta que, morosa, punto sádica, acababa amaneciendo. ¿Era cosa suya o le parecía que la corriente había diseminado en la frazada algunos pelos de su parte derecha, sin olvidar a la siniestra?
Entró en el baño, empujó la puerta. Saltó sobre el listón de madera que, en el suelo, discernía los espacios. Como cada mañana, dudó de enfrentarse a la, tantas veces consultada, superficie del espejo, para rasurarse.
Entrecerró los ojos, el codo izquierdo le ayudaba. El derecho también, pero menos. Existía, de antiguo, una pequeña rivalidad de extremidades. En ocasiones, la jornada entera había ocupado, no tanto su asueto, como el resto de actividades minúsculas, pero necesarias, para enfrentarse al mundo. Él sabía que la humanidad, en su conjunto, no ofrecía tregua. Demasiado lo había experimentado a lo largo de su vida, que iba periclitando velozmente. ¡Pero era imperativo proceder! ¡Siempre, la acción! ¡Jamás el retraimiento, que no era sino la señal de los cobardes!
Avanzó sobre las losetas, no podía ser de otra manera. Los pelos de su cabellera, en la derecha mano, exigían justicia. No siempre la habían obtenido. Pero él había aprendido la lección: la traición se premiaba con la cobardía. ¡Pero él no era cobarde! Simplemente, había pasado mala noche. Pero, precisamente por haber permanecido insomne largas horas, oyendo las campanas funerales de la Iglesia cada cuarto de hora, se presentaba para él un reto: el de acercarse a ver qué había de lo suyo. Mas era imperativo, a cualquier precio, la comprobación de esas guedejas que, desde hacía mucho, obraban enfermizas, como al desgaire, en torno a sus entecos aladares, agotados de la lucha, derrotados.
Para colmo, un tacho de basura comenzaba a rodar por la suave pendiente de la calle, asustando al sinnúmero de ratas que brotaban de las alcantarillas y que, perplejas y ateridas, volvían a refugiarse de cabeza en la negrura…
(¿Continuará? Mucho me extraña. Solamente el trabajazo que encierra este primer folio, que sería el inicio de la novela, dan ganas de correr hasta Sebastopol. Y a saber dónde está Sebastopol.)
14/2/2026
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