PRESENTACIÓN Y ETOPEYA DE GRUPO DE AMIGOS

Salía Mínguez, como de costumbre, cada noche, en invierno y en verano, incluyendo las estaciones intermedias, a pasear sus neuronas. Lo decía con esa sonrisilla, entre traviesa y burlona, que era en él característica. Necesitaba el aire de la noche como el comer, o más aún. En invierno, en verano, en las citadas estaciones intermedias, gustando y apreciando su propia compañía, se podía contemplar su guardapolvo, al doblar la esquina o, sin doblar nada, caminando al acaso. Su madre fruncía el ceño. Cualquier día,  aseguraba la señora, le iban a dar un susto. Y la buena mujer desgranaba todas las desgracias que le podían sobrevenir, alguna de las cuales vendría de la mano de los espíritus del aire, que le raptarían, levantando hacia el empíreo su personalidad enteca, para nunca ya jamás volver a verle. 

Llegaría el día -lo sabía la madre con absoluta certeza- en que llamarían las amigas a su puerta a darle cuenta de su muerte, ora tendido en un charco de sangre en la mugre de las aceras, o en el afilado cielo que era el hogar de miles o millones de demonios. Por tierra y por aire, decía la mujer. Eludía el mar, porque estábamos, decía, en tierra de secano, que, dicho fuera de paso, era donde se sufría de verdad y se estaba más expuesto a la mentira. En el océano, había libertad, aseguraba, y todo eran juergas con sirenas que -una cosa no quitaba la otra- chupaban la sangre a los del mar, no sin antes humillar a las tripulaciones previamente a arrojarles al abismo, donde morarían para siempre en agridulce esclavitud…

Continuará… (o no.)

15/11/2025

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