LA POMADA

Se decía hace años: estar en la pomada. El que estaba en ‘la pomada’ era considerado y apreciado, aunque fuera un zote, que normalmente lo era. Miraban con altanería y suficiencia y parecían guardar un secretillo, como si integraran una triste masonería (todas son tristes y ridículas.)

¿Qué era la pomada? Una especie de consenso universal capitaneado  por uno que se llamaba Moncho, el cual tronco solía urdir guateques en torno a su persona. ¡Menuda balumba con las ‘titis’ las cuales emitían un gorgeo a horas determinadas, algo así como rindiendo pleitesía a Moncho, que aceptaba llanamente la jefatura!

Moncho desfilaba al límite del desaseo, hay que decirlo, lo que importaba regularmente a las titis. Y paralelamente era amigo de un Peláez, que venía a ser su factótum o, para entendernos, chico de los recados, quien era urgido a desaparecer cuando Moncho actuaba en la tienda de campaña ante las titis, de día, de noche, a contrapelo, tiempos aquellos.

Moncho basculaba a la política, un poco como todos, pero él más, y soltaba encendidas elocuencias afirmando que el mundo estaba mal hecho, pero que él iba a enderezarlo, porque ya estaba bien de ricos y gentuza. (Él tenía un buen pasar gracias a su padre, que había sido recibido un par de veces en audiencia privada por el Caudillo.)

Nuestro hombre se hizo trosquista, pero duró no tanto en esa militancia, suplantándola por morritos de elocuencia en los primeros mítines cuando llegó la democracia, jurando ante notario lo que fuera.

El país se hundió, pero no Moncho. La droga campó por sus respetos.  Muchos murieron. Las titis iban y venían a sus anchas, derechas, torcidas, como fuera y habían descubierto, fascinadas, la ropa super cara. Al llamado terrorismo se le veía con rozagante simpatía.

Moncho, y lo que no era Moncho, siempre supo estar en la pomada. Robaba y tenía una isla para él solo. Se me olvidaba decir que era cobarde. Hizo escuela y hasta la fecha.

4/7/2026

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