Un seguro servidor tiene pocas aficiones o ninguna. El cine, principalmente el viejo y con preferencia el que me sé de memoria. Ahora viene tal actor y va a hacer esto y a continuación lo otro. El cine es como rezar a Dios y no quiero ser blasfemo. Había un alto cargo en el gobierno sandinista al que también le gustaba el cine y entraba en la sala iniciada la proyección. No lo hacía para pasar desapercibido sino con objeto de que nadie advirtiera sus lágrimas, porque el hombre duro lloraba como un niño.
Un seguro servidor no llora como un niño y tampoco como un hombre, aunque vete tú a saber, porque el mundo está lleno de fulleros y tramposos. ¿Se puede saber quién miente y quién dice la verdad? A veces el que miente es el mismo que dice la verdad, de ahí tanta confusión que nos rodea. Otros prefieren el boxeo, que no es repartir o recibir, sino una especie de arte sacro, lo mismo que el toreo, cada vez quedan menos que aprecien esta suerte.
Da la impresión de que tu época pasó, te miran raro, o es posible que te lo estés imaginando. No te lo estás imaginando, en todo caso a quién le importa. En tu mesa de trabajo están algunas de las novelas que has escrito, no todas, y el papel de que están hechas se cimbrea como una bailarina, diríase que en homenaje a la cruz desnuda que cuelga en la pared. La cruz no dice nada, ni se expresa, pero hace compañía. El mundo está lleno de cobardes que te venderían, no por un plato de lentejas, sino gratis.
También en mi mesa está el facsímil de la primera parte del Quijote, regalo de un cuñado, que no todos los cuñaos son levantiscos. Una lámpara pequeña se enciende a discreción, ya no para dar luz, sino con la idea de redimir un sino aciago. A veces llueve más allá del cristal de la ventana, no siempre. Me olvidaba que de vez en cuando leo algo, nada actual, hasta ahí podíamos llegar.
25/4/2026
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