A veces, me invade la nostalgia. Esos tiempos que nunca volverán, cuando el mundo estaba repleto de inocencia y parecía recién creado, como hubo de ocurrir en el Edén y Adán recorría, asombrado, las virginales landas, los árboles señoriales, miríadas de frutos de todos los gustos y colores, al servicio del primer hombre que existía sobre la tierra y que, pronto, iba a compartir esos regalos con una compañera, salida de su costado, asustada y feliz la primera pareja que existiría sobre la tierra, que no podían creer en la dicha que se les había deparado.
Pero todo aquello pasó, barrido por la torpeza, perdonable, de aquellos nuestros primeros padres, que no supieron discernir entre lo que era de ellos y lo que correspondía al empíreo, motivo por el cual hubieron de abandonar a galope tendido aquella sinecura, trocándola por las arideces que han sido desde entonces nuestro pan de cada día. Ahora, entre la balumba en que hemos convertido nuestras vidas, y otros resortes que no quiero mentar, existe un desasosiego que no tiene parangón y que estamos lejos de calmar.
Es el hambre de pan y de justicia, de ínclita soberanía de lo que nos corresponde, que es el derecho inalienable de vestir al desnudo, a la desnuda, con nuestras manos encallecidas por el trabajo, arrancando a la ralea inmisericorde de los ricos y saciados una bandera que es nuestra por derecho: la bandera de la libertad, de la justicia, del orden legítimamente entendido.
Hemos de tener muy claro que si nos sale al paso, por ejemplo, una mina de oro, billetes o cualquier elemento suntuario, como acusa el fascismo con alevosía, esa mina, ese oro, ese efectivo, no dejan de ser nuestros, de los pobres y ateridos, hombres y sobre todo mujeres que son de la estirpe de los que no tuvieron nunca nada.
Defendámonos con uñas y dientes, con objeto de servir a los humildes, que son de nuestra sangre, la que igualmente palpita entre los muslos y arrumacos de estas hetairas solidarias que han venido galopantes, de una en una, de dos en dos y por legiones, a primera línea de combate a luchar y dar la vida, si es preciso, y que son nuestras hermanas, más allá de lo que diga un triste juez.
¡Patria y muerte, venceremos! (Pero que nadie se vaya de la muy.)
23/5/2026
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